lunes, septiembre 05, 2005

Autonomía y educación


Este cuadro de la primera época de Picasso se llama "Ciencia y Caridad". Puedo dar fe de que no es una mera abstracción visual, porque hace muchos años, en una sala de restauración del Museo de Arte Antiguo de Catalunya, estuve al lado de él, hasta podría haberlo tocado, pero me abstuve –noli me tangere.

La ciencia surgió de la observación sistemática de los fenómenos naturales, o sea de abajo hacia arriba, o por inducción, para decirlo como corresponde. Sin embargo, a la razón le encantan los principios generales; por eso, los niños adquieren rápidamente la capacidad de abstraer y de formar clases lógicas mediante el matrimonio apresurado entre sus incipientes sistemas nerviosos y el lenguaje. El escueto andamiaje de la realidad que formamos en nuestros primeros años, no nos abandona jamás: armamos el mono abstracto y luego nos dedicamos a deducir más o menos repetitivamente, todo tipo de casos particulares, el resto de nuestras vidas. O sea, dejamos de aprender en el sentido más profundo del vocablo.

Como refuerzo de lo anterior, en el colegio nos atiborran con datos inútiles. A fin de cuentas, lo verdaderamente importante que aprendemos en ese tipo de establecimientos educacionales, es a colaborar y a competir con nuestros pares.

El origen de la educación no es otro que la supervivencia. Esto incluye, pero no se limita a, la incorporación de toda esa parafernalia de valores, ritos, prejuicios y similares que hoy se conoce con el nombre de socialización y que es lo que nos permite llegar a ser miembros de pleno derecho de una comunidad y cultura. No obstante, lo primero debería ser desarrollar las competencias y destrezas necesarias para llegar a ser independientes de nuestros padres.

¿En qué medida cumple con ese objetivo la educación formal? Pareciera que lo que los niños aprenden en el sistema escolar de los países occidentales está totalmente sesgado hacia una vacua aplicación de enunciados generales a materias que les resultan ajenas y que se van/los van alienando progresivamente de la realidad en que viven. De esa forma se inhibe la necesidad innata que los niños tienen de descubrir el mundo, para imponerles una versión acabada -con tintes dogmáticos- que se les estimula a tragarse como una píldora.

Coherente con lo anterior, el énfasis está puesto en el resultado (rendimiento) y no en el proceso (aprendizaje). Los niños son condicionados como ratas de laboratorio a obtener calificaciones -que se convierten en un fin en sí- en lugar de conocimientos, con lo que ponemos la carreta delante de los bueyes.

Pero la vida, a diferencia de la ciencia, no es en absoluto abstracta. Nuestra existencia cotidiana no tiene que ver con lo universal, sino con lo particular y concreto. Podemos manejar un auto sin tener la más mínima idea de cómo funciona un motor de explosión ni cuál es la composición química de la gasolina; eso pueden atestiguarlo legiones de mujeres sobre el planeta. Sin embargo, la educación sigue empantanada en la fe en el progreso (científico) del siglo XIX, o peor aún, en la fragmentación cartesiana de la que deriva el concepto de las asignaturas como compartimientos estancos, la disociación cuerpo-mente a partir de la educación básica y, sobre todo, una fe ilimitada en la razón práctica como instrumento de comprensión y dominación del mundo, a través de la ciencia aplicada. ¡Qué fuerte esa frase!

¿Es necesario que una joven aprenda en el nivel del detalle Matemáticas, Biología, Física y Química? ¿No sería preferible interrelacionar esas cuatro disciplinas en una sola propuesta temática que incluyera también Historia de la Ciencia y Epistemología, con lo que se potenciaría cada una de ellas? Resulta paradójico que justamente cuando la educación debiera apuntar a un marco general, caigamos en lo particular estéril, en el “memoriza estas cadenas de aminoácidos” (para que detestes la Biología y la Química al mismo tiempo). ¿Dónde está la inteligencia en todo esto?

Un poco de inteligencia

Para terminar este ya largo apunte, me limitaré a citar cinco elementos que a mi juicio deben estar presentes para que una educación sea efectiva y que, en nuestro país al menos, cuando no brillan por su ausencia, están totalmente depauperados.

1. Aplicar un enfoque holístico al aprendizaje
Énfasis en las conexiones entre las asignaturas y no en su separación
Integración mente-cuerpo en los alumnos
2. Fomentar actitud pensante y crítica, enseñando a debatir y argumentar
3. Buscar la excelencia: ¡no a la nivelación!
4. No sólo inculcar valores, sino mostrar y combatir vicios
5. Formar profesores que sepan sacar partido de la tecnología


Efectivamente, no hay que ser un genio para plantear algo así.

Sin embargo, creo que es necesario volver al sentido común, porque los especialistas se arrebatan con modelos educativos ultratecnificados y a menudo pierden de vista lo más simple e importante: que la verdadera misión de los establecimientos educacionales es formar seres humanos para que se integren en forma capaz y autónoma a la sociedad y no, producir repetidores de datos inadaptados, que intentarán prolongar la adolescencia hasta los 40 años.