sábado, febrero 26, 2005

Primero la sentencia... y luego el veredicto

Uno de mis libros favoritos es el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. Lo consulto a menudo a través de Internet y me divierte su aire vetusto, reforzado por la marcada impronta que todavía tiene la religión católica en las acepciones de no pocos vocablos. Por otra parte, hay miles de palabras que hace rato debieran estar en él y que oficialmente no existen; por ejemplo, una que estuvo en boca de todos hace poco -tsunami- no aparece. ¿Será que los doctos académicos tienen algo contra los japoneses?

Sin lugar a dudas, los prejuicios ocupan un lugar destacado en el mobiliario mental de las personas. Otra cosa es que estén conscientes de ellos, pero lo cierto es que, por razones de economía psíquica, todos sucumbimos en mayor o menor medida a ideas preconcebidas, que muchas veces asumimos en forma acrítica e inconsciente.

Veamos cómo define mi diccionario predilecto esa palabra:

"Opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal."

Lo más importante es lo que figura al final y que me trajo inmediatamente a la memoria la máxima cartesiana: "Sólo hablo de lo que conozco". Ocurre que el filósofo francés sabía muchas cosas, pero nosotros generalmente vivimos instalados en la ignorancia, en un rango que va desde la docta ignorancia a la más absoluta, descarnada y poco elegante falta de noción respecto a lo que nos rodea. Eso es bueno, porque, paradojalmente, el conocimiento limita más que su ausencia -sólo en los extremos se disfruta de libertad y por cierto, la omnisciencia nos está vedada a los simples mortales.

La connotación negativa que ha tomado la palabra prejuicio ("por lo general desfavorable") oscurece el hecho de que también los hay positivos y, sobre todo, neutros. Sin embargo, el aspecto más notable de los prejuicios no está reflejado en la definición de la R.A.E. y es que son generalizaciones groseras, verdaderos moldes prediseñados que aplicamos a la realidad, dejando fuera toda excepción a esa pretendida regla. Al prejuicioso a ultranza no le interesan los casos particulares: es como la Reina de Corazones, que ordena que le corten la cabeza al acusado y cuando el rey le hace ver que sería conveniente que el jurado diera antes su veredicto, protesta airadamente diciendo: "primero la sentencia... y luego el veredicto".

En las antípodas de esa visión del mundo se encuentra Funes el memorioso -atrapado en la infinita variedad mutante de lo individual y por tanto único- a quien "le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente)". Pero baste con lo dicho por ahora: a Funes -y a los no menos memoriosos autistas- los dejaremos para un futuro apunte.

¡Y pensar que cuando comencé a escribir esto, lo que pretendía era defenderme de quienes me acusan de ser machista, nazi o lindezas por el estilo! En fin... mis prejuiciosos detractores tendrán que esperar.

miércoles, febrero 23, 2005

Camus no era filósofo...

Decía Ortega que la claridad es la cortesía del filósofo. Lo mismo se subía a un estrado y le preguntaba al público, con sinigual pedantería, "¿De qué quieren que les hable hoy?". En todo caso, calculo que las obras completas de este Pico della Mirandola español alcanzarían para calentar una casa todo un invierno. Pero, bueno, a lo que iba. Para mí, la claridad en la Filosofía no es un asunto formal; por el contrario, debería ser el objetivo -el deber, si me apuran- de todo filósofo. ¿Alguno de ustedes ha intentado escalar la "Fenomenología del Espíritu" de Hegel, o descifrar un libro de Foucault? Ese tipo de autores me recuerdan al anónimo funcionario público que en algún momento y lugar del orbe inventó el Principio de Dificultad, que se enuncia de la siguiente forma: "¿Para qué hacerlo fácil si puede ser difícil?" Flaco favor le hace esa gente a la Filosofía, porque el común de los mortales se alejan espantados de todo texto filosófico y creen que la Filosofía opera por el Principio de Dificultad, y que además aborda temas "técnicos" que están a distancias siderales de las preocupaciones de ellos.

Pero... ¿es así?

Hace unos días estaba tomándome un café con mi amigo Pierre, que, entre otras muchas habilidades, oficia de traductor y me comentó que estaba trabajando en traducir un texto de un filósofo francés XX, lo que le había dado más de un dolor de cabeza, pues lo había obligado a inventar palabras que resemblaran el vocabulario creado ex professo por el autor. Recuerdo que le pregunté algunas cosas, entre ellas de qué hablaba el tipo, a lo que creo me contestó que del lenguaje y los textos. Luego pasamos a otros temas y me olvidé del asunto hasta que, de regreso en Santiago, se despertó mi curiosidad y le pedí que me enviara lo que ya había traducido. Creo que habría hecho bien en evitármelo (by the way, si eso no te liberó del insomnio, créeme que estás definitivamente jodido), porque a la página y media decidí que era suficiente lectura: el tema, a mí me parece extremadamente interesante; sin embargo, la colección de neologismos rebuscados y sobre todo la oscuridad deliberada con que se expresaba el filósofo en cuestión, hicieron que huyera despavorido a refugiarme en las Selecciones del Reader's Digest. (No encontré ningún ejemplar en el baño, así que en su reemplazo y para mantener el nivel, le secuestré un Condorito a mi hijo).

Los franceses, herederos de una tradición filosófica cuyo máximo exponente fundó su sistema en la claridad y la distinción de las ideas, han producido una agobiante cohorte de rizadores del rizo, desde Lacan hasta Derridá; desde
Bataille hasta Sartre, el que hablaba de la mala fe. La gente ajena al ámbito intelectual, aterrorizada de cagarla, los reverencia a partir de una suposición no por divertida menos errada: "si no entiendo nada, debe ser muy importante lo que este fulano plantea". Y como además estos insignes oscuros suelen tener un regimiento de discípulos que se encargan, como heraldos de la Palabra, de promocionarlos y ensalzarlos, al final se convierten en intocables de cuyos ojos emana el resplandor de la Verdad Eterna, porque en cinco minutos la vida es eterna, como dice al revés la canción.

La receta para salvarse de esas tendencias autodestructivas francesas pareciera ser nacer al otro lado del Mediterráneo, como lo atestigua el gran Albert Camus, que escribió en forma apasionada, profunda y plenamente inteligible sobre los grandes temas que nos preocupan desde que salimos del estado animal, o del Paraíso, ustedes eligen lo que más les guste.

Algunos podrán objetar que Camus no era filósofo, sino escritor. Bueno, tanto mejor para él -y para nosotros...



martes, febrero 22, 2005

¿Qué les pasó a los viejos?

Por milenios las sociedades humanas habían valorado el saber y la experiencia adquiridos por sus miembros de edad avanzada. Especialmente en comunidades no muy numerosas, los Consejos de Ancianos eran una institución permanente, llamada a manejar y resolver asuntos delicados, en base a los conocimientos teóricos y prácticos acumulados por quienes los integraban: se les daba crédito y hasta eran admirados.

Si hasta principios del siglo pasado, en nuestras sociedades occidentales, las personas mayores jugaban un rol importante en la educación de los niños, pues los abuelos convivían y conversaban a diario con sus nietos, e incluso hoy en día persiste el respeto por los ancianos y por lo que estos pueden aportar a sus comunidades, en países que todavía no han claudicado a la globalización cultural que Occidente les va imponiendo en forma inexorable, ¿qué pasó que en nuestro mundo perdieron todo peso social, para quedar relegados a peso a secas?

Bueno, esos eran los antiguos ancianos, los que no se avergonzaban de sus canas, los que llevaban los años con orgullo y dignidad, los que incluso se permitían tener arrugas (por cierto, el término "líneas de expresión", que utiliza la industria cosmética para evitar asustar a las consumidoras de sus productos con la palabra innombrable, siendo un eufemismo, es bastante certero, porque eso son las arrugas y por esa razón las personas que se someten a reiteradas cirugías plásticas faciales terminan con un rostro plano, como el de los ciegos de nacimiento, y a veces ligeramente deforme).

Hoy nadie quiere ser viejo: la misma palabra es una flagrante descalificación. Pero esta situación podría revertirse en los años que vienen.

Si damos crédito a lo que la ONU dice (hay gente que cree en los vampiros, ¿verdad?; entonces ¿por qué no creer en la ONU?), en el año 2000 por primera vez en la Historia, la población de personas mayores de 60 años en las regiones más desarrolladas de nuestro planeta superó a la de los niños. Tal como viene el naipe, los ancianos van a ser mayoría, y eso sin duda, les va a dar mayor poder político -un viejo, un voto. No obstante, sabemos que lo que confiere el estatus de ciudadano en nuestras sociedades de "libre" mercado, es la capacidad de generar consumo. Por eso, los niños, que, hasta tiempos muy recientes eran considerados en un nivel similar al del ganado, como bienes explotables sin derecho a opinar, hoy son los favoritos de los vendedores de todo tipo de bienes, pues están conscientes de su capacidad para influir en las decisiones de compra de sus padres y por esa vía convertirse en sus aliados. En cambio a los viejos nadie los pesca, sobre todo en los países pobres en los que las pensiones son paupérrimas y, por ende, el consumo del sector pasivo se restringe casi a la mera subsistencia. Miento: dado que pareciera que la vejez es la primera oportunidad en que muchas personas toman conciencia de que la vida humana es finita, eso las torna prospectos interesantes para los vendedores de cementerios/crematorios.

Para no exagerar tanto, la verdad es que los ancianos no tan pobres son clientes codiciados para todos los negocios que tienen que ver con mantenerlos vivos -desde farmacias hasta establecimientos hospitalarios. Sin embargo, está claro que los ancianos con medios son el negocio del futuro: turismo, esparcimiento, asistencia especializada en instituciones mediante personal calificado (o cuidadores-robots, como los que ya están en uso en Japón), medicina curativa o cosmética, terapias anti-envejecimiento, en último extremo, eutanasia...

Tal vez, en la medida en que una parte importante del P.G.B. de los países ricos dependa del consumo creciente de los mayores de 65 años -que en esas naciones serán la mayoría de la población de aquí a 40 años más-, tal vez entonces, la voz de los ancianos vuelva a ser escuchada.

¡Qué mala pata haber nacido un poco antes de tiempo!

domingo, febrero 20, 2005

Masoquismo nocturno

Zapping a las dos de la mañana. Cada día estoy más convencido de que no le faltaba razón al tío Alfredo para postular que la invención de la luz eléctrica había señalado el comienzo de la decadencia de la Humanidad. Caigo en una película australiana con pretensiones artísticas, una ex-policía lesbiana que está investigando el asesinato de una adolescente de esas que escriben diarios y poemas con versos tan originales como "I love you". La actuación de la protagonista como investigadora no convence a nadie, aunque sí como marimacho. Su facha no me gusta, tampoco su auto, demasiado largo y de un color ostentoso. La película tiene "capítulos", a ratos es insoportablemente pedante, pero ahí estoy, enganchado, viéndola. Termina pasadas las tres y luego no puedo dormirme. Cuando finalmente lo consigo, soy asaltado por diversas pesadillas que me despiertan dos o tres veces. Eso me pasa por vulnerar los ritmos circadianos, o sencillamente por masoquista.

Aquello de lo que nadie habla

No solemos pensar en el origen de las palabras y su relación con el significado que actualmente tienen. Bueno, yo sí, y muy a menudo pienso en eso: es como visitar un backstage de la lengua. Lo que está detrás en términos espaciales, lo asociamos con el antes, porque tenemos una concepción lineal del tiempo, que replica la del espacio. Sin embargo, esa forma -more geometrico- de intelectualizar algo tan difícilmente aprehensible como el tiempo, es un subproducto del pensamiento racional, que a su vez es una innovación bastante reciente en nuestra especie. Cuando el tiempo era circular, no habría tenido sentido equiparar antes con atrás. O tal vez sí, ¿a quién puede importarle?

La palabra inglesa, hoy de uso universal, "gay", proviene del provenzal "gai", que significa "alegre". De hecho, aunque ha caído en desuso, en nuestra lengua existe el vocablo "gayo", con ese mismo significado. Es por decir lo menos curioso, que gay se utilice como sinónimo de homosexual, cuando alegre está en las antípodas de una condición que en algunas épocas ha sido estigmatizante. Alan Turing, brillante matemático británico, terminó suicidándose -hace sólo 50 años- tras descubrirse lo que en ese entonces se consideraba una desviación sexual aberrante. Entonces, ¿qué pasó en ese medio siglo que hizo cambiar la percepción de aquellos que -todavía- no somos homosexuales? ¿Por qué hoy en día los homosexuales no sólo no se suicidan, sino que se exhiben impúdicamente en desfiles y carnavales, disfrazados de coristas?

Aristóteles definió al hombre como un zoon politikón en aquellos tiempos en que la vida de las personas giraba en torno a la polis. Hoy, que no hay polis, bien podría decirse que el hombre es un animal estadístico. ¿Cuándo empezó el rechazo a la diferencia? ¿Es tan antiguo como la especie? ¿Por qué nos empeñamos en descartar todo aquello que no tiende a la normal? El otro día vi "The Village", una película que, entre otras cosas, tiene que ver con eso, pero en el extremo de la aceptación. Los habitantes de la aldea coexisten con those of whom no one speaks. Ese circunloquio fue traducido al castellano como "los innombrables", perdiéndose el matiz paradojal que hay en la expresión inglesa, porque a lo largo de la película no hacen otra cosa que hablar de "aquellos de los que nadie habla", que evidentemente es una manera de aceptarlos, al menos como parte del paisaje y, por ende, de la vida cotidiana. Por otra parte, nadie hace cuestión de la ciega, ni del tonto: están todos tan unidos por el miedo que no se molestan en rechazarlos.

No quiero meter a Hitler en esto, así que volvamos al principio. In principio erat verbum... Las minorías oprimidas son una constante histórica; lo que es novedoso es ser oprimido por las minorías. (Mi amiga Ninovska me preguntó antes de qué iba este blog y le dije que si pudiera resumirlo en dos palabras, entonces no lo estaría escribiendo, pero le mentí). En realidad, tras el gigantesco rodeo inicial, hemos llegado al tema central que es la estúpida pretensión de algunos grupos humanos de imponernos -en el nombre de la "tolerancia", claro está- su visión del mundo, su estilo de vida, o lo que sea.

En "La genealogía de la moral", Nietzsche dice que los fuertes fueron empujados a dudar de su derecho a sojuzgar al resto, mediante la "mala conciencia" y así se produjo la Umwertung de los valores, una especie de poner patas arriba la moral. Bueno, en eso estamos. Como muestra, un botón: leí por ahí que "The Village" era una película racista,
"porque no estaban representados los negros y los "asiáticos" y que sólo faltó que pusieran unas banderas con suásticas en las casas"
¿De modo que toda obra de arte debería, en opinión de esos subnormales, ser una asamblea tipo Naciones Unidas? Por favor..., si el director no es blanco sino indio. Además en la Pennsylvania de 1890 probablemente no había orientales y solamente habían transcurrido tres décadas desde que los "afroamericanos",
insano eufemismo al uso por temor a decir "negros", eran reconocidos como seres humanos, de forma que si hubieran incluido negros en el film, no habría quedado otra que ponerlos cuidando los cerdos y entonces habrían acusado al director de racista por retratarlos como porquerizos...

Dejémonos de estupideces. La intolerancia no puede ser patrimonio de unos pocos. Si los homosexuales quieren casarse y las leyes de sus países lo permiten, bueno, allá ellos, que se casen; pero no nos vengan con el cuento de que los que somos heterosexuales tenemos que "comprenderlos" y aceptarlos. Me niego a ser "políticamente correcto". Esa es la más insidiosa forma de control mental que existe. Si no, que se lo pregunten al rector de Harvard, que tuvo la brillante idea de hacer un comentario negativo sobre la aptitud de las mujeres para las materias científicas y hoy está con la cabeza puesta en la guillotina... por las mujeres, naturalmente.

¿Qué habrían dicho estas buenas señoras de Nietzsche, que en "Mi hermana y yo" escribió: "Las mujeres piensan con su vagina"?

¡Hasta otra, amigas!

P.S. Les recuerdo que pueden contestar los denuestos, usando la opción "comentarios".