Uno de mis libros favoritos es el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. Lo consulto a menudo a través de Internet y me divierte su aire vetusto, reforzado por la marcada impronta que todavía tiene la religión católica en las acepciones de no pocos vocablos. Por otra parte, hay miles de palabras que hace rato debieran estar en él y que oficialmente no existen; por ejemplo, una que estuvo en boca de todos hace poco -tsunami- no aparece. ¿Será que los doctos académicos tienen algo contra los japoneses?
Sin lugar a dudas, los prejuicios ocupan un lugar destacado en el mobiliario mental de las personas. Otra cosa es que estén conscientes de ellos, pero lo cierto es que, por razones de economía psíquica, todos sucumbimos en mayor o menor medida a ideas preconcebidas, que muchas veces asumimos en forma acrítica e inconsciente.
Veamos cómo define mi diccionario predilecto esa palabra:
Sin lugar a dudas, los prejuicios ocupan un lugar destacado en el mobiliario mental de las personas. Otra cosa es que estén conscientes de ellos, pero lo cierto es que, por razones de economía psíquica, todos sucumbimos en mayor o menor medida a ideas preconcebidas, que muchas veces asumimos en forma acrítica e inconsciente.
Veamos cómo define mi diccionario predilecto esa palabra:
"Opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal."
Lo más importante es lo que figura al final y que me trajo inmediatamente a la memoria la máxima cartesiana: "Sólo hablo de lo que conozco". Ocurre que el filósofo francés sabía muchas cosas, pero nosotros generalmente vivimos instalados en la ignorancia, en un rango que va desde la docta ignorancia a la más absoluta, descarnada y poco elegante falta de noción respecto a lo que nos rodea. Eso es bueno, porque, paradojalmente, el conocimiento limita más que su ausencia -sólo en los extremos se disfruta de libertad y por cierto, la omnisciencia nos está vedada a los simples mortales.
La connotación negativa que ha tomado la palabra prejuicio ("por lo general desfavorable") oscurece el hecho de que también los hay positivos y, sobre todo, neutros. Sin embargo, el aspecto más notable de los prejuicios no está reflejado en la definición de la R.A.E. y es que son generalizaciones groseras, verdaderos moldes prediseñados que aplicamos a la realidad, dejando fuera toda excepción a esa pretendida regla. Al prejuicioso a ultranza no le interesan los casos particulares: es como la Reina de Corazones, que ordena que le corten la cabeza al acusado y cuando el rey le hace ver que sería conveniente que el jurado diera antes su veredicto, protesta airadamente diciendo: "primero la sentencia... y luego el veredicto".
En las antípodas de esa visión del mundo se encuentra Funes el memorioso -atrapado en la infinita variedad mutante de lo individual y por tanto único- a quien "le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente)". Pero baste con lo dicho por ahora: a Funes -y a los no menos memoriosos autistas- los dejaremos para un futuro apunte.
¡Y pensar que cuando comencé a escribir esto, lo que pretendía era defenderme de quienes me acusan de ser machista, nazi o lindezas por el estilo! En fin... mis prejuiciosos detractores tendrán que esperar.
Lo más importante es lo que figura al final y que me trajo inmediatamente a la memoria la máxima cartesiana: "Sólo hablo de lo que conozco". Ocurre que el filósofo francés sabía muchas cosas, pero nosotros generalmente vivimos instalados en la ignorancia, en un rango que va desde la docta ignorancia a la más absoluta, descarnada y poco elegante falta de noción respecto a lo que nos rodea. Eso es bueno, porque, paradojalmente, el conocimiento limita más que su ausencia -sólo en los extremos se disfruta de libertad y por cierto, la omnisciencia nos está vedada a los simples mortales.
La connotación negativa que ha tomado la palabra prejuicio ("por lo general desfavorable") oscurece el hecho de que también los hay positivos y, sobre todo, neutros. Sin embargo, el aspecto más notable de los prejuicios no está reflejado en la definición de la R.A.E. y es que son generalizaciones groseras, verdaderos moldes prediseñados que aplicamos a la realidad, dejando fuera toda excepción a esa pretendida regla. Al prejuicioso a ultranza no le interesan los casos particulares: es como la Reina de Corazones, que ordena que le corten la cabeza al acusado y cuando el rey le hace ver que sería conveniente que el jurado diera antes su veredicto, protesta airadamente diciendo: "primero la sentencia... y luego el veredicto".
En las antípodas de esa visión del mundo se encuentra Funes el memorioso -atrapado en la infinita variedad mutante de lo individual y por tanto único- a quien "le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente)". Pero baste con lo dicho por ahora: a Funes -y a los no menos memoriosos autistas- los dejaremos para un futuro apunte.
¡Y pensar que cuando comencé a escribir esto, lo que pretendía era defenderme de quienes me acusan de ser machista, nazi o lindezas por el estilo! En fin... mis prejuiciosos detractores tendrán que esperar.
