miércoles, marzo 02, 2005

China en su camino a casa

"El camino a casa" es una historia de una sencillez conmovedora. Tras recibir la noticia de la muerte de su padre, un hombre regresa a su pueblo natal, en una ignota región de China cercada por montañas. Su madre está obstinada en cumplir con el ritual que impone la tradición, que consiste en hilar un paño que hace las veces de mortaja y muy especialmente, trasladar el cuerpo en andas desde un pueblo que se encuentra a más de medio día de camino.

Toda esta parte de la película se desarrolla en un riguroso blanco (de nieve) y negro (de muerte). Súbitamente, no obstante, se produce una eclosión de color y nos vemos transportados al momento en que el padre y la madre se conocieron en los años previos a la Revolución Cultural de Mao. Ella una adolescente, él un joven maestro que llega a la escuela de la aldea. Con estos datos, uno bien podría pensar que se trata de otra trivial historia de amor. Sin embargo, la forma en que está narrada eleva esta relación a una dimensión épica. La sutileza de las miradas y los encuentros; el infinito amor y devoción con que cocina para él, convirtiendo de esa forma la comida en una ofrenda; el hecho de que nunca llegan a decirse lo que ya ambos saben; la determinación feroz de la niña... Todo eso es enternecedor y -aunque suene cursi- hermoso.

Pero más allá de la historia y de sus protagonistas hay otros aspectos no menos importantes que tienen que ver con la supervivencia en climas extremos, con el nivel de dignidad que puede adquirir la pobreza en un medio no urbano y con la activa preocupación por el bien común que la escuela representa. El respeto a los mayores y el reconocimiento a quienes nos dieron la vida, también son temas que la película aborda directamente.

No quiero caer en las manidas idealizaciones de la vida bucólica, pero es innegable que antes del advenimiento de toda esta parafernalia tecnológica que hoy tenemos, la vida de los seres humanos era más armónica. Por ejemplo, alguien podía sentarse por horas sin hacer nada a esperar algo que bien podía no suceder. No necesitaba más estímulos que los que proporciona en forma espontánea la Naturaleza y podía disfrutar del silencio y soportar sin angustiarse la soledad congénita de nuestra condición humana. El hic et nunc tenía un sentido que hoy se nos escapa mientras nos aferramos vanamente a televisores, computadores y, sobre todo, teléfonos celulares, que nos conectan a lo otro que nosotros mismos, en una fuga perpetua de nuestro propio centro. Ya no sentimos: procesamos; no somos capaces de concentrarnos y, como dice el título del libro de Damasio, "sentir lo que sucede", sino que somos víctimas de una dispersión fragmentadora que no tiene principio ni fin, como la alucinante cinta de Möbius con hormigas rojas creada por M.C. Escher.

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Desde que la recurrencia autocontenida de los tiempos pretéritos fue destronada por esta racionalidad que nos empuja a una insaciable novedad sin dirección, Occidente está siendo succionado hacia un futuro que no promete nada bueno y que convierte al presente desprovisto de sentido en una cárcel. (Hitler, con la agudeza para captar el Zeitgeist propia de los demagogos, comprendió que su pueblo estaba esperando un "mesías"que lo redimiera del sinsentido de un penoso presente sin porvenir. Entonces, ofreciéndoles a los alemanes lo que querían creer, con tal de encumbrarse, fue veraz en algo: no por casualidad se autodenominó Führer, el que conduce -a un reino que él creía iba a durar mil años y que duró algunos menos...).

Hemos perdido en gran medida la inteligencia sin posibilidad de deliberar que aportara la evolución, para reemplazarla por una estupidez arduamente conquistada. Las hormigas, en cambio, llevan muchos millones de años en la Tierra y probablemente seguirán en este planeta después de que nos hayamos autodestruido, porque, como todos los insectos sociales, no actúan buscando su provecho individual, sino en función de la supervivencia de la colonia.

By the way este ejemplar -ampliado 130 veces- de Paratrechina longicornis refleja una indiferencia aristocrática que sólo dan las generaciones...

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Volviendo a China, su potencia no sólo deriva del número, sino de la disciplina y la laboriosidad que caracteriza a ese pueblo. Si a eso le agregamos el éxito logrado por la política de control de la natalidad que implementaron en los años 90 del siglo pasado, el rápido tránsito de una sociedad fundamentalmente rural a una industrial, las elevadas tasas de crecimiento del P.I.B. en el último decenio y los frutos del esfuerzo realizado en materia de educación superior, estamos frente a un coloso de proporciones descomunales, a una nueva versión económica del "peligro amarillo".

Sin embargo, en su camino a casa, el gigante no ha perdido su envidiable delicadeza.

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