Decía Ortega que la claridad es la cortesía del filósofo. Lo mismo se subía a un estrado y le preguntaba al público, con sinigual pedantería, "¿De qué quieren que les hable hoy?". En todo caso, calculo que las obras completas de este Pico della Mirandola español alcanzarían para calentar una casa todo un invierno. Pero, bueno, a lo que iba. Para mí, la claridad en la Filosofía no es un asunto formal; por el contrario, debería ser el objetivo -el deber, si me apuran- de todo filósofo. ¿Alguno de ustedes ha intentado escalar la "Fenomenología del Espíritu" de Hegel, o descifrar un libro de Foucault? Ese tipo de autores me recuerdan al anónimo funcionario público que en algún momento y lugar del orbe inventó el Principio de Dificultad, que se enuncia de la siguiente forma: "¿Para qué hacerlo fácil si puede ser difícil?" Flaco favor le hace esa gente a la Filosofía, porque el común de los mortales se alejan espantados de todo texto filosófico y creen que la Filosofía opera por el Principio de Dificultad, y que además aborda temas "técnicos" que están a distancias siderales de las preocupaciones de ellos.
Pero... ¿es así?
Hace unos días estaba tomándome un café con mi amigo Pierre, que, entre otras muchas habilidades, oficia de traductor y me comentó que estaba trabajando en traducir un texto de un filósofo francés XX, lo que le había dado más de un dolor de cabeza, pues lo había obligado a inventar palabras que resemblaran el vocabulario creado ex professo por el autor. Recuerdo que le pregunté algunas cosas, entre ellas de qué hablaba el tipo, a lo que creo me contestó que del lenguaje y los textos. Luego pasamos a otros temas y me olvidé del asunto hasta que, de regreso en Santiago, se despertó mi curiosidad y le pedí que me enviara lo que ya había traducido. Creo que habría hecho bien en evitármelo (by the way, si eso no te liberó del insomnio, créeme que estás definitivamente jodido), porque a la página y media decidí que era suficiente lectura: el tema, a mí me parece extremadamente interesante; sin embargo, la colección de neologismos rebuscados y sobre todo la oscuridad deliberada con que se expresaba el filósofo en cuestión, hicieron que huyera despavorido a refugiarme en las Selecciones del Reader's Digest. (No encontré ningún ejemplar en el baño, así que en su reemplazo y para mantener el nivel, le secuestré un Condorito a mi hijo).
Los franceses, herederos de una tradición filosófica cuyo máximo exponente fundó su sistema en la claridad y la distinción de las ideas, han producido una agobiante cohorte de rizadores del rizo, desde Lacan hasta Derridá; desde Bataille hasta Sartre, el que hablaba de la mala fe. La gente ajena al ámbito intelectual, aterrorizada de cagarla, los reverencia a partir de una suposición no por divertida menos errada: "si no entiendo nada, debe ser muy importante lo que este fulano plantea". Y como además estos insignes oscuros suelen tener un regimiento de discípulos que se encargan, como heraldos de la Palabra, de promocionarlos y ensalzarlos, al final se convierten en intocables de cuyos ojos emana el resplandor de la Verdad Eterna, porque en cinco minutos la vida es eterna, como dice al revés la canción.
La receta para salvarse de esas tendencias autodestructivas francesas pareciera ser nacer al otro lado del Mediterráneo, como lo atestigua el gran Albert Camus, que escribió en forma apasionada, profunda y plenamente inteligible sobre los grandes temas que nos preocupan desde que salimos del estado animal, o del Paraíso, ustedes eligen lo que más les guste.
Algunos podrán objetar que Camus no era filósofo, sino escritor. Bueno, tanto mejor para él -y para nosotros...
Pero... ¿es así?
Hace unos días estaba tomándome un café con mi amigo Pierre, que, entre otras muchas habilidades, oficia de traductor y me comentó que estaba trabajando en traducir un texto de un filósofo francés XX, lo que le había dado más de un dolor de cabeza, pues lo había obligado a inventar palabras que resemblaran el vocabulario creado ex professo por el autor. Recuerdo que le pregunté algunas cosas, entre ellas de qué hablaba el tipo, a lo que creo me contestó que del lenguaje y los textos. Luego pasamos a otros temas y me olvidé del asunto hasta que, de regreso en Santiago, se despertó mi curiosidad y le pedí que me enviara lo que ya había traducido. Creo que habría hecho bien en evitármelo (by the way, si eso no te liberó del insomnio, créeme que estás definitivamente jodido), porque a la página y media decidí que era suficiente lectura: el tema, a mí me parece extremadamente interesante; sin embargo, la colección de neologismos rebuscados y sobre todo la oscuridad deliberada con que se expresaba el filósofo en cuestión, hicieron que huyera despavorido a refugiarme en las Selecciones del Reader's Digest. (No encontré ningún ejemplar en el baño, así que en su reemplazo y para mantener el nivel, le secuestré un Condorito a mi hijo).
Los franceses, herederos de una tradición filosófica cuyo máximo exponente fundó su sistema en la claridad y la distinción de las ideas, han producido una agobiante cohorte de rizadores del rizo, desde Lacan hasta Derridá; desde Bataille hasta Sartre, el que hablaba de la mala fe. La gente ajena al ámbito intelectual, aterrorizada de cagarla, los reverencia a partir de una suposición no por divertida menos errada: "si no entiendo nada, debe ser muy importante lo que este fulano plantea". Y como además estos insignes oscuros suelen tener un regimiento de discípulos que se encargan, como heraldos de la Palabra, de promocionarlos y ensalzarlos, al final se convierten en intocables de cuyos ojos emana el resplandor de la Verdad Eterna, porque en cinco minutos la vida es eterna, como dice al revés la canción.
La receta para salvarse de esas tendencias autodestructivas francesas pareciera ser nacer al otro lado del Mediterráneo, como lo atestigua el gran Albert Camus, que escribió en forma apasionada, profunda y plenamente inteligible sobre los grandes temas que nos preocupan desde que salimos del estado animal, o del Paraíso, ustedes eligen lo que más les guste.
Algunos podrán objetar que Camus no era filósofo, sino escritor. Bueno, tanto mejor para él -y para nosotros...

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