viernes, junio 06, 2008

El solipsismo invisible de Adam Smith, la conspicua tragedia de Garrett Hardin

Una de las contradicciones más insólitas de nuestras sociedades es que nos amontonamos en ciudades que se van haciendo más y más inhabitables y, sin embargo, vivimos como si estuviéramos solos. Despreciamos los derechos de los demás, a quienes percibimos como obstáculos o, en el mejor de los casos, como material aprovechable para nuestros fines egoístas, estrechos y cortos de luces. De esa forma, estamos deshaciendo con tenacidad de insectos, uno de los fundamentos sobre los que se construyó nuestra especie: la cooperación.

El otro día vi un documental en que una colonia de hormigas atacaba e invadía un termitero con el objetivo de robarle las larvas a las termitas. La fortaleza estaba custodiada por enormes centinelas, que superaban en varias veces la envergadura física y el peso de las hormigas guerreras. No obstante, los defensores del termitero iban sucumbiendo uno a uno ante los embates concertados de la miríada de pequeñas, pero feroces hormigas. El número y la cooperación genéticamente programada podían más que la fuerza y el tamaño. No en vano los Formicidae llevan más de 100 millones de años sobre este planeta y el único lugar no insular que no han colonizado es la Antártida. Demás está decir que probablemente seguirán aquí por otros cientos de millones de años.

Un pronóstico así sería bastante arriesgado en el caso de nuestra especie. Hay que tener en cuenta que una de las características más notables de quienes, mediante la autoconciencia, se sacan el yugo de la evolución, es que abren para sí la posibilidad del suicidio. Somos únicos en la escala zoológica: solipsistas intensamente autodestructivos, lo que nos hace peligrosos, sobre todo para nosotros mismos.

Las hormigas y las termitas son insectos eusociales, esto es, vienen programados para incorporarse a una estructura jerárquica de tareas y relaciones claramente predefinidas. Viven, como nosotros, dentro de un espacio acotado, en grupos muy numerosos, cuya actividad es prácticamente incesante. La red social de estos insectos se caracteriza por una marcada división del trabajo (que incluso termina condicionando –como en el caso de las termitas centinelas- su morfología), de acuerdo a la cual, la labor reproductiva recae en un solo individuo (reina) o unos pocos individuos (reproductores secundarios), siendo el resto estériles.

A la gente que no reflexiona suele impresionarla la “organización social” de estos insectos, llegando a considerarla un paradigma deseable para los seres humanos. Otro mundo feliz…, en el que cada uno acepta su lugar dentro de la pirámide y ejecuta los trabajos correspondientes, sin cuestionar nada. Incluso, a menudo se destaca el “altruismo” de las obreras que se arrojan al fuego para preservar el hormiguero o de aquellas hormigas melíferas, que, como su nombre indica, son verdaderos odres en los que se almacenan azúcares nutritivos y que pasan su vida colgando inmóviles, mientras son cuidadas y “ordeñadas” por otras obreras.

¿Qué grado de libertad tienen esos insectos? Evidentemente, uno bastante menor, y a no dudarlo, eso no es accidental en su perduración. Al igual que en la Iglesia Católica, única organización humana que ha resistido el paso de dos milenios, la ausencia de libertad es la condición necesaria y suficiente para la mantención de la estructura. Así, la subsistencia del hormiguero está supeditada a la condición esclava de sus miembros, siendo la primera esclava, la reina, cuya misión es poner huevos para que hayan más obreras que cuiden a futuras reinas, y así sucesivamente…

Lo verdaderamente notables es que las colonias de insectos eusociales son sistemas auto-organizados, es decir, que pese a carecer de una instancia centralizada de planificación y control (una voluntad, si se me permite el antropomorfismo), sus partes componentes actúan en forma coordinada y el sistema soporta y se adapta a niveles crecientes de complejidad. Más aun: puede decirse que, en último término, son una suerte de super-organismos autopoiéticos, en la medida en que se recrean ad infinitum a sí mismos.

Volviendo al punto de partida, podría hacerse una analogía entre las megalópolis y los hormigueros, como en el documental Koyaanisqatsi. No obstante, a diferencia de las sociedades perfectas de los insectos eusociales, en que la cooperación es un subproducto automático de la definición estructural del sistema, en las sociedades humanas existe la posibilidad de aprovecharse de los demás y no cooperar. Es más: en una óptica de corto plazo, la alternativa más racional es ser un free rider, o sea disfrutar de los beneficios sin asumir los costos.

Por eso, nuestras ciudades distan mucho de ser comunidades; hasta cierto punto son meras agregaciones de individuos que viven en una perpetua guerra por aquellos recursos que no tienen dueño, en ausencia de un Leviatán que ponga límites a la codicia humana, porque el neoliberalismo nos dice que las regulaciones no son necesarias, que todo se ajusta solo, que el individuo que persigue su propio beneficio termina promoviendo el interés público.

Garrett Hardin, por el contrario, rechazó enfáticamente ese postulado de Smith en “The Tragedy of the Commons”: el acceso sin ningún tipo de restricción a los recursos comunes lleva necesariamente a una sobreutilización inicial y posterior agotamiento de los mismos. Y, así como -cuando ambos contendores no se equivocan- el juego del gato termina inexorablemente en empate, o sea no tiene una “solución técnica”, el problema del (ab)uso de los recursos comunes tampoco.

¿Tendremos que pedirle consejos a las hormigas?

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